Ghettostudio’s Weblog

el arte es la expresion con la que definimos nuestros sentimientos

estaciones de Aimée

Aqui os dejo los 2 primeros capitulos de este relato escrito por maria luisa porras que lo disfruteis

salu2

Capitulo 1

La tarde era fría y gris. Las hojas marchitas y marrones de los árboles caían lentamente sobre el asfalto y las aceras calientes, llenas de vida. El olor a castañas asadas invadía el ambiente, ocultando por momentos el olor a humo de los coches y autobuses que a un ritmo trepidante se dirigían de un lado a otro. El otoño, irremediablemente, comenzaba a adueñarse de la ciudad.

En algunas calles y callejuelas, los músicos ambulantes creaban melodiosas telarañas de notas y sentimientos, de sueños y realidades que se convertían en dulce música de violines, saxofones, acordeones, guitarras o cualquier otro instrumento imaginable.

En una de las plazas centrales, rodeada de edificios neogóticos, neo renacentistas o simplemente típicos del siglo XIX; y presidida por un gran obelisco en recuerdo a aquellos valientes, luchadores de una causa ya olvidada y a la que ya nadie hace mención; allí estaba ella.

Asomada a la pequeña ventana de la polvorienta buhardilla, estaba la princesa de la boca de fresa y los suspiros de almíbar, su mirada celeste perdida en la plaza, en la gente. Embriagada por la música sus finos dedos jugaban inquietos en el alféizar, su pelo largo rubio bailaba con la suave brisa, enredándose finalmente en los brazos que cruzados sobre el busto, tapaban la desnudez, y su mentón apoyado en éstos.

De vez en cuando, un suspiro asomaba a su trémula boca mezclándose con el rumor bohemio de la ciudad. Junto a ella, en esa pequeña buhardilla se hallaba el príncipe convertido en villano, o el villano convertido en príncipe, cosa aun por determinar, quien arrancaba de su boca los suspiros.

>Serás eterna, escribiré sobre ti, te pintaré una y otra vez y cuando alcance la fama, tu, mi musa, serás inmortal. Mi dulce Aimé…

Sus dedos quemaban la espalda, los costados, sus labios se perdían recorriendo las piernas, buscando el placer, los suspiros. Ella era su musa, su mundo, se embriagaba de ella hasta perder la razón, perder la noción del tiempo.

>No quiero ser inmortal- suspiró volviéndose en la cama y agarrando con sus blancas manos la cara del príncipe o villano, atrayéndola hacia si – simplemente quiero convertirme en viento, en música, en agua… ¿puedes entenderlo, Dante?- terminó de decir besándolo.

>Yo sólo quiero perderme en ti…

Continúo besándola, acariciándola, haciéndole lentamente el amor para llenar todos sus sentidos. Los suspiros escapaban sinuosamente de la boca de Aimée, quien fijaba su mirada en un pequeño rincón de la estancia. Allí, envuelta aun en papel de celofán, la azalea de flores pálidas se marchitaba lentamente por la falta de agua. Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas sin saber muy bien por qué, y estás a derramarse por sus mejillas. Fuera comenzó a llover, el rumor de la ciudad era cada vez más rápido. Sobre ella, exhausto de placer, Dante se derrumbó besándola en el cuello.

>Te amo… Aimée…

Ella le acarició el pelo dulcemente, aguardando a que se durmiera, dándole un cariñoso beso en la frente. Cuando el sueño se hubo apoderado de él, ella se levantó despacio, con cuidado de no despertarle, dirigiéndose hacia la azalea que rato antes había estado observando.

Acarició las pálidas flores, con los ojos húmedos, en un claro gesto de compasión por la planta. Pensó en regarla, pero…¿para qué? Seguramente estaba ya condenada, como ella en cierto modo también lo estaba. Cogió la planta con brusquedad y la tiró a la basura.

Miró luego por la ventana, el atardecer teñía el cielo. Era más tarde de lo que pensaba, sería mejor que comenzara a vestirse. Dante seguía durmiendo apacible, a veces, murmuraba su nombre.

Capitulo 2

Había dejado de llover momentáneamente, ya había anochecido y las calles estaban casi vacías. Había estado un tiempo debatiéndose entre despertarle o no antes de irse, finalmente, cuando vio que la oscuridad se había adueñado del lugar se fue silenciosamente cerrando la puerta tras ella.

Cada vez hacía más frío, se abrochó el abrigo soplándose en las manos mientras bajaba por la callejuela dirección al centro de la ciudad. No podía evitar sentirse melancólica en días como éste, hacía ya un año que se había ido de casa y ahora todo le parecía muy lejano.

Hace un año, un día como éste, cumplió sus 18 años. Esa misma noche, después de haber estado encerrada en su dormitorio durante horas, cogió un bolso grande y metió todas las cosas que pudo, lo más necesario ya que no sabía que sería de ella. Sólo sabía que no podía permanecer allí.

De madrugada, cuando todos en la casa estaban en sus dormitorios, salió a hurtadillas. La tarta aun estaba sobre la mesa del comedor, todo dispuesto para una fiesta de cumpleaños que no llegó a celebrar. Una presión en el pecho y las lágrimas que de nuevo luchaban por salir, hicieron que tuviera que detenerse allí y morderse los labios para no llorar a gritos.

No pensaba dejar ninguna nota, pero en ese momento se vio obligada a ello, no quería que sus padres sufrieran. Buscó un bolígrafo en el bolso y en una servilleta, ya que era el papel más cercano que encontró, sólo escribió que lo sentía y que no se preocuparan por ella, finalizando con un breve “gracias por todo”.

Sacó la llave del llavero y la dejó sobre el mueble de la entrada después de abrir con ella. Cerró la puerta con cuidado de no dar un portazo y salió corriendo calle abajo, llorando amargamente y sin volver la vista. Sentía que algo dentro de ella se partía en pedazos.

Aun hoy, al recordarlo, le dolía tanto que le costaba contener las lágrimas e incluso respirar. Más de una vez, no pudo evitarlo y marcó el número de teléfono, quedándose un rato en silencio mientras escuchaba la voz de su familia al otro lado. Mejor no hacerlo esta noche.

Sin darse cuenta, sumergida en sus recuerdos, había llegado a una de las calles centrales que llevaban directamente a la alameda principal de la ciudad. La música suave y decadente de un violín resonaba en la calle silenciosa y únicamente transitada por unas pocas parejas.

Se acercó al violinista que con sus ojos cerrados y movimientos estereotipados, arrancaba la música de su instrumento. Cerró los ojos, sintiendo la música, atenta a cada nota, a aquel lamento que era su preferido. Podría estar así durante horas.

Unos brazos fuertes la rodearon por la espalda, la cabeza se hundió en el cuello, quizás alguna lágrima recorría aquel rostro. Perpleja abrió los ojos, aquellos brazos, aquel aroma, sólo podía pertenecer a una persona. Su corazón latía desbocado, gritaba en su pecho el nombre de aquel que ahora le abrazaba. Un nudo en la garganta le impedía gritarlo. Los ojos se le llenaron de lágrimas, una se escurrió rostro abajo.

Comenzó de nuevo a llover, pausadamente, como un llanto amargo. El violín con su lamento de notas azules continuaba resonando en la calle. El mundo acababa de desparecer.

*                         * *

Se habían metido en un café, unas calles más arriba de donde se habían reencontrado. Llegaron corriendo bajo la lluvia que era cada vez más espesa, él en ningún momento le soltó de la mano.

Ya cobijados de lo que anticipaba convertirse en una tormenta, y con un café caliente entre las manos para entrar en calor, el agua seguía escurriéndose por el pelo y los rostros hasta caer en la mesa.

Él clavaba su mirada en ella que estaba absorta en el café, temerosa de mirarle y no poder disimular el nerviosismo, de no poder contenerse. El silencio era cada vez más hiriente, más tenso.

-¿Por qué desapareciste de repente? Papa y mama no han dejado de llorar ni un solo día desde aquello… ¿Qué pasó?

Clavó su mirada en él, herida, observando ese rostro tan conocido, el pelo castaño, los ojos color miel, la nariz fina y ligeramente achatada, los labios…Era lo último que hubiese querido que saliese de aquellos labios. Ella por un instante había perdido el mundo de vista mientras él le abrazaba y él solo podía increparle una respuesta a su marcha de la casa debido al dolor de sus padres, ni siquiera al suyo propio.

-Déjalo Adán, no quiero hablar de ello. Sólo puedo decirte que no es nada que tenga que ver con ellos, en cierto modo. Soy yo la causa de mi marcha. Me alegra ver que estas bien – hizo ademán de levantarse para marcharse.

-Espera – le cogió con firmeza del brazo para que no se fuera – No te molestes. Sólo quiero saber que tal estas, que ha sido de ti todo este tiempo. Estoy preocupado, por algo soy tu hermano, ¿no?

De nuevo esa estocada mortal ardiéndole en el pecho, esa mortal palabra que la hería hasta enloquecer. Si él supiera cuan amarga le parecía aquella palabra familiar que desde que ella tuvo uso de razón se habían repetido hasta la saciedad. Si solamente supiera el dolor que le infringía cada vez que la llamaba hermana…pero no, él no debía saberlo, ese debía ser el gran secreto que se llevara a la tumba junto con su alma maltrecha.

Contuvo cuanto pudo el dolor en la garganta, relegándolo al olvido.

-Lo sé… Sé que solo estáis preocupados por mi -se sentó de nuevo en su sitio- pero ya ves que estoy bien, no necesito nada, me va bien sola…Díselo a ellos, ¿vale?

No quiso insistir, la conocía bien y sabía que algo no iba bien, trataba de ocultar algo aunque no lograba comprender el que, siempre se habían contado todo y ahora el silencio se adueñaba de ellos.

Trataban de continuar hablando, llenar el incómodo silencio con palabras huecas que no servían de nada y que para ellos no significaban nada. Hablaron de nimiedades, intentando aparentar una normalidad inexistente, intentando retenerse, detener el tiempo en el reencuentro.

Finalmente no hubo más que decir, no quedaban más palabras que no llevaran de nuevo a las preguntas y respuestas incómodas que habían estado evadiendo. El café se terminó en las tazas y la camarera de ojeras violáceas y pelo rojo recogido en un moño barría el café en señal de cierre. Aimée se levantó poniéndose el abrigo aun mojado y despidiéndose escuetamente tras dejar el dinero de su café sobre la mesa.

Adán la sostuvo fuertemente del brazo evitando nuevamente que pudiera irse, sus miradas se cruzaron, a cual más triste. El dolor se incrementaba por segundos en el pecho de Aimée, temió realmente que pudiera estallar de tanto dolor, que finalmente no pudiera retenerlo más en la garganta y acabase gritando y llorando.

-Espera, no sé si será demasiado tarde para decírtelo, pero, Feliz Cumpleaños…- metió la mano en el bolsillo sacando un pequeño regalo- Era mi regalo de cumpleaños para ti, lo tengo guardado desde entonces y al fin puedo dártelo…Además…Hoy es tu cumpleaños, asique no queda raro…

La voz de Adán se quebraba de dolor. Aimée cogió el pequeño paquete y lo abrió, dentro le aguardaba un pequeño estuche de joyería con un par de pendientes en forma de corazón. Los reconoció de inmediato, los había visto en un escaparate una tarde a la vuelta de clases, él había ido a recogerla y la regañó por pararse ya que se les había hecho tarde.

Las lágrimas brotaron de sus ojos sin manera alguna de poder contenerlas, todo se nublaba a su alrededor, apretó su mano contra el pecho intentando controlar al menos el dolor.

No podía mirarle, no podía decirle nada. Adán intentó acercarse a ella preocupado al verla así. No podía dejarle acercarse, se apartó. Buscó la salida con la mirada, no podía flaquear ahora, necesitaba huir de ahí, de él, de ese sufrimiento. Debía huir para protegerle de ella misma.

Corrió, corrió hacia la salida al hallarla, no podía mirar hacia atrás, no podía volver a verle, se sentía morir mientras corría con el paquete aun fuertemente agarrado en su mano y apretado contra el pecho. Al llegar a una pequeña calle y ver que no le seguía, se derrumbó en el suelo llorando a pleno pulmón. Sus gritos desgarradores se confundían con los truenos de la tormenta que caía sobre ella.

En el café, Adán ocultaba su rostro entre las manos, llorando por haber vuelto a perderla, jurándose que volvería a encontrarla fuera como fuese.

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agosto 10, 2008 - Posted by | birrealismo

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